
En los valles cruceños, la recuperación de una tradición centenaria abre oportunidades para la inversión, el turismo y los productos premium.
En la mesa de un restaurante cruceño espera Pedro Giménez, junto a dos copas que todavía están vacías. Es joven, pero ya tiene personalidad. Antes de ocupar ese lugar recorrió un camino que comenzó entre los viñedos de los valles cruceños y terminó en una botella. Viene de Samaipata, Comarapa y otras zonas donde un grupo de emprendedores empezó a escribir un nuevo capítulo para la vitivinicultura boliviana.
Pedro Giménez sabe reconocer un buen vino, aunque nunca estudió enología. No dirige una empresa, pero es fruto de una apuesta empresarial. Tampoco escribe libros de historia, aunque quiere cambiar la de los valles cruceños. Lleva el espíritu de quienes prefieren abrir caminos antes que seguirlos. Pedro Jiménez no es un hombre. Es un vino.
Durante décadas, hablar de vino en Bolivia fue hablar de Tarija y, en menor medida, de Chuquisaca. Mientras esa idea se consolidaba, en los valles cruceños empezaba a escribirse otra historia: la de emprendedores que apostaron por elaborar vinos de alta calidad, recuperar una tradición y competir en mercados cada vez más exigentes. Santa Cruz quiere demostrar que el mapa del vino boliviano todavía puede crecer.
En realidad, esa historia comenzó mucho antes de lo que la mayoría imagina. Apenas unas décadas después de la fundación de Santa Cruz, los primeros viñedos ya se extendían por los valles orientales de los Andes. Hacia 1595 existían cultivos en Samaipata y, para 1640, la región albergaba viñedos con miles de cepas. La vitivinicultura formaba parte de la economía local mucho antes de que Bolivia naciera como República.
Ese desarrollo, sin embargo, no fue continuo. La independencia, el colapso del comercio colonial y el nuevo modelo económico orientado a la minería redujeron la actividad a pequeños parrales familiares. Décadas después, el ingeniero croata Sreko Mileta Dubocovic impulsó un nuevo ciclo en Samaipata al introducir variedades de uva y técnicas de cultivo que confirmaron el potencial de la zona. Pero la migración del campo a las ciudades, la competencia de vinos de otras regiones y otros cambios económicos volvieron a frenar el impulso hacia finales del siglo XX.
El verdadero punto de inflexión llegó a comienzos de este siglo. Mientras estudiaba Enología y Vitivinicultura en la Universidad de California, Davis, Francisco Roig Justiniano investigó distintas regiones del país hasta identificar en los valles cruceños condiciones excepcionales para producir vinos de alta gama. Ese trabajo dio origen a Vinos 1750 y abrió el camino para otras bodegas que hoy protagonizan el renacimiento de la vitivinicultura cruceña.
Los números muestran que ya no se trata de iniciativas aisladas. Entre 2013 y 2024 la superficie cultivada con uva pasó de 121 a 523 hectáreas, un crecimiento superior al 325 %. En ese mismo período, la producción aumentó de 1.265 a 6.655 toneladas, mientras la elaboración de vino alcanzó los 228.340 litros en 2024, casi el doble que dos años antes.
Cuatro siglos y medio después de los primeros viñedos, Santa Cruz vuelve a mirar la vid como una oportunidad de desarrollo. El desafío ya no consiste únicamente en producir buenos vinos, sino en consolidar una región vitivinícola con identidad propia, capaz de generar turismo, atraer inversiones y competir dentro y fuera de Bolivia.
Detrás de cada etiqueta hay inversiones de largo plazo, investigación agronómica y decisiones empresariales que requieren años antes de ofrecer resultados. Plantar un viñedo, seleccionar variedades, esperar las primeras cosechas y posicionar una marca exige una combinación poco frecuente de paciencia, capital y conocimiento.
Ese camino lo recorren emprendedores como Mateo Roig, de Vinos 1750, y Javier Salas, de Bodegas Valbranco. Ambos coinciden en que el desafío nunca fue producir vino, sino construir una identidad capaz de distinguir a Santa Cruz dentro del mercado boliviano. Por eso, además de variedades tradicionales como Cabernet Sauvignon, Malbec, Tannat, Syrah o Sauvignon Blanc, cada bodega desarrolla propuestas propias que buscan expresar las condiciones únicas de los valles cruceños.
En Vinos 1750 esa búsqueda llevó a rescatar el Pedro Jiménez Blanco, un vino elaborado a partir de una cepa criolla americana vinculada históricamente con los valles cruceños. En Valbranco, la apuesta incorpora variedades menos difundidas, como Caladoc, junto con Tannat, utilizada para elaborar uno de sus rosados más representativos. En ambos casos, el objetivo es el mismo: ofrecer vinos que no imiten a otras regiones, sino que expresen el carácter de su propio territorio.
Pero la calidad también se construye con cientos de decisiones que el consumidor rara vez percibe. El tipo de barrica, el tiempo de guarda, la temperatura de fermentación o la elección del corcho forman parte de una cadena de procesos donde cada detalle influye en el resultado final. Roig explica que un corcho natural permite una evolución diferente del vino durante la guarda, favoreciendo el desarrollo de aromas y complejidad que difícilmente se obtienen con cierres sintéticos.
Esa mirada revela una transformación mucho más profunda. El vino dejó de ser únicamente un producto agrícola para convertirse en una industria donde el principal insumo es el conocimiento. Comprender el comportamiento del suelo, interpretar el clima, seleccionar las variedades adecuadas y dominar cada etapa de la elaboración genera tanto valor como la propia uva.
El renacimiento del vino cruceño recién comienza. Al prestigio creciente de sus etiquetas se suman oportunidades para atraer inversiones, generar empleo, impulsar el enoturismo y dar mayor valor agregado a la producción agrícola de los valles.
La próxima vez que Pedro Jiménez aparezca frente a usted, no piense únicamente en la botella. Siga el consejo de Mateo Roig: primero mírelo, descubra el color que anuncia su historia; luego acérquelo a la nariz y deje que el aroma hable del viñedo; finalmente, tómese el tiempo para saborearlo.
Quizá entonces descubra que, además de un buen vino, sostiene entre las manos cuatro siglos de historia y el retorno de una industria que vuelve a florecer en los valles cruceños.